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Nuestra manera de hacer las cosas

Producción, distribución y reflexión en el Grupo de Cine Insurgente

 

Natalia Vinelli y Alejandra Guzzo

Enero de 2006

Definiciones

Poner las cámaras del lado de los que luchan y buscar de conjunto (“entre y junto a ellos”) los destinatarios del nuevo cine y video documental de intervención política es uno de los objetivos fundantes del Grupo de Cine Insurgente. Formado en 1997 a partir de la producción de La hachumyajay –voz wichí que significa “nuestra manera de hacer las cosas”-, el grupo se concibió de entrada como un espacio de producción, distribución y reflexión en torno al fenómeno audiovisual alternativo.

Nacido en el marco de un proceso de construcción colectiva –más allá de los roles que cada integrante puede ejercer por sus conocimientos específicos-, el grupo eligió el terreno documental entendiendo que éste es el género y el lenguaje necesarios para la etapa actual. Desde entonces Cine Insurgente ha pensado en el proceso de producir en forma global, en todas sus facetas, incluyendo en esta conceptualización las alianzas con los distintos sectores en lucha, la elección de los temas, el “para qué” del filme, la búsqueda de circuitos alternativos de exhibición y distribución, la definición de las estrategias de promoción y la articulación con el público.

Esta organización colectiva del trabajo y la atención puesta en las distintas dimensiones del proceso de producción de la obra tiene sus reconocimientos en la práctica del cine militante de las décadas del sesenta y setenta. Fundamentalmente, en las experiencias grupales de la Escuela de Cine de la Universidad del Litoral, fundada por Fernando Birri, y en las propuestas de Cine de la Base (desde el marxismo) y de Cine Liberación (desde la tendencia revolucionaria del peronismo). En estos casos, justamente, el esfuerzo no quedaba sólo en la realización, sino que era acompañado por una difusión y promoción constantes orientadas a romper con el corset del cine como espectáculo consumista para desarrollar “actos” donde acumular políticamente los debates y reacciones de un espectador llamado a comprometerse y dejar de ser pasivo.

En esta tradición, la definición de conjunto del proyecto (tema, destinatarios, forma, lenguaje) estaba implícita desde el surgimiento de la idea misma. Como escriben Pino Solanas y Octavio Getino en un material de la época, esa definición había que buscarla en la respuesta a los siguientes interrogantes:

¿Cuál es el objetivo político del trabajo? ¿Es un objetivo táctico o estratégico? ¿Es a corto, mediano o a largo plazo? ¿Se trata de agitar un acto? ¿Ayudar a la formación de cuadros? ¿Propagandizar un hecho? ¿Contrainformar rápidamente sobre un suceso coyuntural? ¿Explicar didácticamente el uso de determinadas técnicas? ¿Profundizar y concientizar en torno a un tema? ¿Acompañar un hecho de acción directa? (Solanas y Getino, 1972).

Según Cine Insurgente, estas experiencias interrumpidas abruptamente con la última dictadura militar “marcaron un camino que hay que retomar. Cuando el poder económico cierra toda posibilidad de desarrollo artístico, la única salida es ligar la experiencia productiva audiovisual a la de aquellos que enfrentan este sistema” (Cine Insurgente, 2005b). Es en este marco que, en 1998, el grupo comenzó la preparación de Diablo, Familia y Propiedad, un largo que narra los crímenes del ingenio Ledesma, en Jujuy, desde el punto de vista de la lucha de clases, poniendo el acento en los responsables económicos de los secuestros producidos durante la “noche del apagón”: en otras palabras, concientizar en torno a un tema.

En 1999, con el grupo ya consolidado, Diablo... tuvo su estreno en el Cine Cosmos. Dirigido por Fernando Krichmar, el filme ya había tenido varias presentaciones en el norte argentino, en sindicatos, comedores populares y universidades. Pero el esfuerzo que significó mantener la película en cartel durante cinco semanas sirvió para aceitar una dinámica de acercamiento al público que va a caracterizar a la mayoría de los nuevos espacios de cine y video militante: difusión sobre la base de herramientas tomadas del campo de la acción política, afiches callejeros, volanteadas, invitaciones de boca en boca, realización de encuestas a la salida de la sala y envíos periódicos por correo electrónico.

Este nuevo cine y video documental de intervención política –del cual Cine Insurgente forma parte- comenzó a desarrollarse con fuerza en la segunda mitad de los noventa, en respuesta por un lado a la necesidad de representar en la pantalla los conflictos sociales ausentes o tergiversados en los medios hegemónicos (consecuencia directa del modelo neoliberal), y por el otro favorecido por el crecimiento de las matrículas en carreras afines a la comunicación y la imagen: solamente en Buenos Aires estudian cine unos 20 mil alumnos. A esto debe agregarse el proceso de renovación tecnológica que significó la expansión del video y luego el surgimiento del registro en digital con un estándar de calidad y bajos costos.

En este artículo nos proponemos, entonces, abordar la irrupción de esta nueva corriente dentro del género documental a partir del análisis de la experiencia específica del Grupo de Cine Insurgente. Para ello trabajaremos, en tensión constante con los modos de la industria cinematográfica, el diseño de producción, las formas de distribución y la exhibición de los filmes, fundamentalmente del largo Diablo, Familia y Propiedad.

El diseño de producción

Ahora bien, ¿qué es lo que diferencia a estos colectivos de los modelos de producción de la industria cinematográfica? ¿Se trata sólo de su “artesanalidad” o bajos recursos? O mejor, ¿cómo se caracteriza ese “producir de forma global” que citábamos al comienzo? Para responder estas preguntas debemos revisar primero la concepción clásica de lo que se entiende por diseño de producción, ya que todo aquello que se conoce comúnmente como “producto audiovisual” responde a un diseño que lo condiciona desde antes de su existencia misma y, por tanto –ya sea planificado dentro de los cánones hegemónicos o por oposición a éstos- necesariamente conlleva “una idea de producción” que contiene en sí misma los conceptos de “unidad narrativa” y “unidad de producción”.

Lo primero que surge es la idea de contar una historia. Sin embargo la simple idea de contar una historia hasta tanto ésta no se materialice en papel no constituye nada. Hasta que no exista un guión o al menos un plan de abordaje que ponga en tierra lo que se quiere narrar, la idea no existe más que en la cabeza de alguien y por eso está muy lejos de formar parte de una idea de producción. Pero el hecho de contar con la idea ya convertida en unidad narrativa tampoco es suficiente: los cajones de muchos guionistas, directores de cine o televisión están llenos de sinopsis, escaletas o incluso guiones completos que jamás han sido filmados.

Se deben trabajar las ideas, determinar prioridades respecto de una idea principal y otras secundarias, o trabajar desde el guión hasta poder transformar una idea a secas en una idea de producción, es decir, en una idea “factible” de ser filmada: sólo completando estos dos procesos se estará en condiciones de hablar de un proyecto de producción audiovisual, proyecto que en ese momento –y no antes- necesitará su diseño de producción.

En el desarrollo proyectual intervienen entonces elementos de muy diferente carácter: primero, elementos “creativos” en cuanto a la originalidad de las historias (en el caso de Cine Insurgente y los grupos de video militante esto está ligado a la necesidad política de convocar a la lucha por la transformación social, que a su vez implica una elección estética que acompañe esa necesidad); segundo, elementos de “dirección y gestión” centrados en la organización y programación que plantea la obra; tercero, aspectos de “seguimiento y control” que aseguren el perfecto cumplimiento del plan de trabajo o la introducción de las rectificaciones oportunas; y cuarto, aspectos “económicos” ligados al mantenimiento de los costos de producción, que no podrán sobrepasar las posibilidades de quienes financian el proyecto.

De todo esto se desprende que el trabajo de diseñar una producción es complejo y no es simplemente una labor de organización alejada de la creatividad y de la expresión de las obras audiovisuales, máxime en el caso del cine y video de intervención política donde la necesidad tiene una direccionalidad política concreta. El productor –mediante la planificación, el seguimiento durante la ejecución y con sus decisiones de gestión- influye decisivamente sobre la calidad final de todo proyecto, y es asombroso como esto puede apreciarse en la pantalla.

En otras palabras: todo el equipo que participa del proyecto audiovisual crea dentro de la estructura asignada por el productor mediante un diseño (un contexto productivo) previamente confeccionado, y sobre éste se realiza el rodaje del filme, desde la primera toma hasta que el producto está terminado. Y como para la industria cinematográfica no se establecen diferencias en cuanto a cualquier otro proceso industrial, para producir un filme deben medirse el capital, los medios y la fuerza de trabajo necesarios para que el producto pueda realizarse.

En el campo cinematográfico internacional existen distintos tipos de productores: el “productor financista” que pone el capital (y que en general no presencia el rodaje y en muchos casos apenas conoce la historia que se va a narrar[1]); el “productor ejecutivo” que diseña el proyecto, no pone directamente dinero pero busca apoyos; y el “jefe de producción”, que es quien se encarga de la logística de todo el rodaje y determina quién, cómo, dónde y de qué manera debe rodarse.

De acuerdo con el tipo de productor en que se haga hincapié surgirán diferentes modelos de producción: aquí se da históricamente la primera gran división entre el modelo hollywoodense, donde el financista es el “verdadero dueño de la película”, y el modelo productivo europeo que dio nacimiento al cine de autor (la Nouvelle Vage en Francia, Luis Buñuel en España, etc.) y donde se destaca la figura del productor ejecutivo (que generalmente es una persona ligada al cine y la cultura). En América Latina y sobre todo en nuestro país, se dio mayoritariamente el modelo del “director / productor”: una sola persona que lo hace todo, pone el capital, aporta la idea y rueda el filme.

Obviamente existen otros modelos de producción de donde las prácticas de cine de intervención política actuales se nutren para trabajar: modelos que cuestionan a la industria tradicional, ya sean para oponerse a ella o para asimilarse pero produciendo de otra manera. En la segunda mitad de los noventa y particularmente con el cambio de milenio, en plena crisis, estos nuevos modelos comenzaron a tomar forma: prueba de ello es el nacimiento del llamado Nuevo Cine Argentino, con diferencias importantes entre un filme y otro (de género, de propuesta estética, de estilo, ideológicas) pero con un modelo de producción que los acerca: más acá o más allá del capital invertido y en el marco de una experiencia colectiva.[2]

De este modo, en muchos casos pudieron romperse las férreas barreras industriales en cuanto a la concepción de las historias que se contaron, en cuanto a su temática, su puesta en escena y por ejemplo en quién fuera capaz de escribirlas. Un sin número de jóvenes se sintió capacitado para desarrollar un guión sin pasar por el tamiz del guionista profesional sugerido por la industria. Del mismo modo pasó con directores, fotógrafos, editores y sobre todo en el caso de los productores: el paso por las escuelas de cine por parte de toda una generación marcó la diferencia, más allá de las limitaciones de los sistemas de enseñanza. Antes sólo se aprendía a hacer cine dentro del aparato industrial, elitista y cerrado, obviamente pensado para pocos.

Este nuevo modelo, sobre todo después de la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, está en pleno proceso de afirmación. No es un modelo homogéneo; coexisten en él las más diversas variantes y la del cine y video militante actual puede pensarse como una de ellas.

Una variante propia: el diseño de Diablo, Familia y Propiedad

Según Vázquez, Campo y Dodaro (2005), las definiciones de lo que es el nuevo cine militante “son inseparables del modo en que estos realizadores entienden el acercamiento, la relación o la mediación con los actores representados, así como también de los modos de exhibición y producción de los filmes”. De acuerdo con Cine Insurgente, estas relaciones y sus formas se asientan en la convicción de que “la imagen se ha convertido en el arma más poderosa que tiene el sistema para subjetivar e imponer su proyecto en nuestras cabezas”. Por lo tanto el imperativo es volverla un “arma de resistencia. Para eso nos organizamos: para producir, imponiéndonos colectivamente a la falta de medios” (Cine Insurgente, 2005b).

El panorama para cuando el grupo comenzó a nacer estaba marcado por el auge televisivo de la “ficción rápida” y los programas ómnibus, representando una sociedad carente de conflictos sociales. Cuando éstos se hicieron visibles ocuparon por lo general las secciones policiales o fueron demonizados, como ocurrió con los casos de Norma Plá y la lucha de los jubilados en 1994; las protestas contra el cierre de la fábrica Continental en Tierra del Fuego (durante la represión Víctor Choque cayó asesinado por las balas policiales); las movilizaciones estudiantiles contra la reforma educativa en 1995 y 1996; las detenciones de activistas del MAS en Neuquén y de Quebracho en Buenos Aires y Córdoba; y los primeros piquetes y cortes de ruta en Jujuy, Cutral Có, General Mosconi y el Gran Buenos Aires.

En este marco, Fernando Krichmar y Alejandra Guzzo comenzaron a trabajar con una unidad narrativa que después llegaría a ser el guión de Diablo, Familia y Propiedad: contar la lucha de clases en un lugar geográfico concreto y a lo largo de un período histórico determinado, enfrentando desde la imagen la hegemonía neoliberal y superando los escasos medios con que contaban para rodar. Para ello los realizadores se apropiaron de un principio muy sencillo en el que se basaba la práctica cinematográfica del cubano Santiago Álvarez: el principio de la necesidad, una necesidad objetiva que “nos ha obligado con frecuencia a hacer un trabajo cuando incluso no disponemos de medios necesarios para ello [...] La urgencia del trabajo nos infunde fuerzas, no nos permite caer en el desaliento y, de una manera o de otra, el trabajo se hace” (Álvarez, citado en Cine Insurgente, 2005a).

Durante un viaje a Jujuy, Krichmar conversó la idea con Agustín Fernández, quien le refirió la leyenda del Familiar: un diablo que, a cambio de garantizar al patrón buenos negocios, requería ser alimentado con la vida de los trabajadores de los ingenios azucareros. La historia del Familiar recorría (y explicaba mágicamente) las muertes de los trabajadores golondrina que llegaban desde principios del siglo XX, pasando también por la organización del sindicalismo clasista en los sesenta y setenta, los secuestros de la “noche del apagón” en Ledesma durante la dictadura militar y, después, las primeras protestas en el norte argentino en épocas del menemismo.

La leyenda del Familiar fue muy importante en relación al público, y por lo tanto en relación con el diseño de producción de Diablo... En esos años había un desarrollo documental de derechos humanos, pero que evadía retratar a los responsables económicos y que era derrotista. A excepción de Cazadores de Utopías, de David Blaustein, los finales “eran para llorar” y no reivindicaban las experiencias de lucha de sus protagonistas.[3]  Entonces Cine Insurgente intuyó que había un público que estaba buscando otras lecturas del pasado reciente. Eso Krichmar, el director del filme, lo tuvo claro desde el principio: había un público para estas películas y la leyenda del Familiar como resorte simbólico permitía enmarcar el documental en una ficción, de manera que a la vez que segmentaba también ampliaba los destinatarios posibles para una producción de este tipo.

De acuerdo con Octavio Getino y Susana Velleggia, la definición del perfil del público “juega un papel determinante en la toma de decisiones que está en la base del proceso creador del filme, a nivel conceptual y estético” (2002:28). Es decir, mientras la industria se dirige a un público masivo (o lo segmenta en base a criterios tradicionales como edad, sexo y nivel socioeconómico), Cine Insurgente orienta su trabajo hacia un destinatario específico: aquellos sectores que en la segunda mitad de los noventa comenzaban a organizarse contra el neoliberalismo, la militancia y el activismo político y social a partir de una historia que también podía abrirse a otros destinatarios.[4]

Con este plan de abordaje, en 1998 el grupo decidió hacer un largo y evaluó los medios para llevar adelante el rodaje: una cámara SVHS y –siguiendo al realizador cubano- la necesidad objetiva de denunciar a través de la pantalla a los responsables económicos del genocidio. En 1999, año del estreno comercial de Diablo..., se terminó de definir el diseño de producción: una primera versión de dos horas ya había sido exhibida en las cercanías del Ingenio Ledesma, propiedad de la familia Blaquier, y en otros espacios alternativos al circuito cinematográfico tradicional. Con una versión corregida y más corta, lo que se buscó fue superar en concreto aquel público militante, a partir de un lanzamiento que tuvo como eje una campaña de afiches y volantes que variaban sus textos semana a semana.[5]

Recuperando aquella frase de Silvio Rodríguez en Llover sobre mojado –“el sueño se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes”-, los integrantes de Cine Insurgente se plantearon militar el estreno de la película. Salieron a la calle, convocaron a los estudiantes y a las organizaciones políticas, realizaron una fuerte acción de prensa, cursaron invitaciones por correo electrónico y, lo que después se volvió una constante entre los grupos de cine y video de intervención política actuales, instalaron una mesa con materiales y casetes VHS para la venta en plena sala.

Esta permanencia de los realizadores en el lugar de exhibición les permitió conocer y acercarse más al público: allí inauguraron el método de las encuestas, preguntando a los espectadores sus opiniones sobre el filme (de modo de evaluar la llegada) y pidiéndoles un correo de contacto para invitaciones posteriores. Durante una de las tantas presentaciones, por ejemplo, una mujer afirmó haber entrado equivocada a la sala: en la encuesta consignó que iba a ver “un documental” pero que en realidad se había encontrado “con una película”. Esta anécdota sintetiza el debate sobre el lugar del documental frente a la ficción, y la importancia que tuvo entonces enmarcar Diablo... en la leyenda del Familiar.

El resultado del esfuerzo se tradujo finalmente en una asistencia de 400 personas el día del estreno. La capacidad del Cine Cosmos se vio desbordada y la película logró mantenerse en cartel durante cinco semanas. Con esta experiencia el grupo terminó de consolidarse, convencido –como sostiene Krichmar- de que “hay mucho para contar. Es una cuestión de combate. Si hay hambre, tiene que reflejarlo el cine. Como sabemos que nos van a negar los espacios de difusión, tenemos que armar un circuito alternativo de producción” (citado en Vitale, 1999)

Basados en un acuerdo político, los filmes se diseñan ahora a partir de las propuestas de los miembros, y una vez discutidos en las reuniones plenarias semanales cada uno de ellos asume diferentes responsabilidades.[6] Pero en esas reuniones no sólo se discuten los proyectos a seguir: también se plantean las tareas concretas para avanzar en los objetivos fijados colectivamente, la distribución de los filmes terminados y los balances de las actividades asumidas. Desde la cobertura de una protesta hasta la realización de talleres de enseñanza audiovisual,[7] pasando por la organización de ciclos y presentaciones en diferentes espacios articulados con el movimiento social.

 

Las exhibiciones colectivas

 

A diferencia de los colectivos de cine militante –donde el objetivo político de la película es central-, para la industria cinematográfica todo filme es concebido como un producto para ser llevado al mercado. Esta conceptualización del cine como mercancía (el llamado Primer Cine, de acuerdo con la caracterización de Cine Liberación presentada en Solanas y Getino, 1972) conlleva la necesidad de estudiar previamente las demandas del mercado y planificar los tiempos y formas de su inserción. De manera que el camino de la distribución tiene como primera etapa el lanzamiento publicitario y comercial para un público determinado mediante estrategias de marketing, proceso en el que Hollywood invierte fortunas.

Una vez dado este paso inicial comienza la exhibición: la presentación de la película en las salas comerciales con ingreso de taquilla (teatrical), luego (o en paralelo) la distribución en otras áreas de exhibición como los festivales competitivos (con premios en dinero) o no competitivos pero que aseguran ventas posteriores; la preventa a las cadenas de TV (fundamentalmente europeas); la venta de los derechos a los sellos de distribución de video hogareño y a la televisión abierta o por cable. Todas son formas de recaudar fondos y recuperar la inversión, a las que debe agregarse la cantidad de merchandising que el filme pueda producir.

            Es justamente en el proceso de distribución cinematográfica, y no en la producción de filmes, donde se esconde el gran peligro de la desaparición de las cinematografías nacionales: muchas veces los directores / productores producen películas sin pensar en el diseño total del proyecto. Es decir, para qué público ha sido concebida, cómo y dónde va a exhibirse y qué posibilidades de existencia real tiene en cuanto a su verdadero nacimiento: el encuentro con el público. Y esto teniendo en cuenta que el cine de Hollywood se ha apoderado de todas las salas disponibles en el mundo, y que los exhibidores sólo aceptan mantener en pantalla aquellas películas que responden a la taquilla.

Europa, de hecho, no ha podido solucionar hasta el momento el problema de solventar su propia cinematografía por ingreso de taquilla. Sólo la mantiene porque la considera una “industria cultural de interés nacional”, y es por eso que la subvenciona permanentemente. Además cuenta un sector de la burguesía nacional intelectual que es dueña de algunas cadenas de televisión nacionales que subvenciona también sus producciones. Pero un cine que no es subsidiado por el Estado está condenado a desaparecer. Si la política de cada gobierno no tiene como prioridad solventar la existencia de sus propias imágenes no hay manera de salvarla.

En la elección de las imágenes subsidiables por el Estado está hoy buena parte de la discusión en cada realidad: para participar de esa pelea colectivamente los realizadores y productores vinculados al cine y video militante formaron en nuestro país la Asociación de Documentalistas de la Argentina (ADOC), una entidad que llegó a nuclear más de 100 miembros y que gestionó ante el INCAA la creación de un llamado a concursos de proyectos documentales para televisión más allá de las ayudas individuales que hasta el momento se habían otorgado. En la actualidad en la búsqueda de resurgir, ADOC cuenta entre sus objetivos el “fomento del registro de la realidad social y política [...] desde la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre de 2001 hasta la actualidad: salir a las calles con las cámaras” (ADOC, 2005).[8]

En esa línea, el primer video institucional del organismo ofreció una mirada distinta sobre los sucesos que terminaron con el gobierno de Fernando De La Rúa: titulado Por un nuevo cine en un nuevo país (todo un programa de intervención), el filme retrata el surgimiento de las asambleas populares y muestra “todas las imágenes que los medios de comunicación comerciales no registraron y silencian” en una producción colectiva realizada a partir de los materiales compartidos por los distintos integrantes del espacio (ADOC 2005). Estos materiales, además, sirvieron como evidencia en el marco de la causa por los asesinatos ocurridos el 20 de diciembre.

Por otra parte, ADOC colaboró con envíos conjuntos de películas (cortos y largos) de sus integrantes a diversos festivales internacionales, y organizó proyecciones por fuera del circuito cinematográfico tradicional: entre otros, participó en la Muestra “Piquetes y Cacerolas” organizada en Liberarte, sobre la avenida Corrientes; en la Muestra de Cine Político de la UBA; en el Foro Social Mundial de Porto Alegre 2002 y en la Muestra de Cine Piquetero dentro del Festival de Invierno organizado ese año por la Cinemateca de Montevideo. En ese tránsito también intervino con un contra festival en el 17° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: con la muestra “El cine que surge de las luchas”, presentada en las salas del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Fernando Krichmar compartió reflexiones sobre el cine militante de ayer y de hoy con Pino Solanas, Nemesio Juárez y Humberto Ríos.

En lo que hace específicamente a la práctica de Cine Insurgente (por otra parte activo animador de ADOC), el grupo destina buena parte de sus esfuerzos a la promoción y preparación de exhibiciones colectivas. Durante 2001 organizó, con el título de “Un cine que no lame las botas”, el Primer Ciclo de Cine Cubano de Ficción, que contó con el auspicio de la Embajada de Cuba, del Museo Che Guevara y, a nivel oficial, con el apoyo del Museo del Cine “Pablo Ducrós Hicken”.

Meses después y pocos días antes de la rebelión del 19 y 20, el grupo puso en cartel el Ciclo de Cine Piquetero, una muestra que reunió más de 10 largometrajes y unos 20 cortos de Ojo Obrero, Boedo Filmes, Adoquín Video, Contraimagen, Alavío y el Grupo 1° de Mayo, entre otros. Ésta fue una de las primeras muestras donde se verificó una “unidad para la acción” que se tradujo, aparte de la exhibición misma, en el diseño de la campaña de prensa y de vía pública con el compromiso de participación de los diferentes espacios, consolidando una nueva poética ligada a una forma de producción alternativa que tiene como protagonistas a los sujetos sociales excluidos del reparto de la riqueza.

Cine Insurgente volvió a la carga con los trabajos cubanos en 2003, con la muestra “El cine de la Revolución” y con el apoyo del INCAA. Cabe destacar que varias copias de los filmes compusieron la videoteca de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, donde sus integrantes comparten tareas docentes en el Taller de Televisión Alternativa de la Carrera de Periodismo, y que las muestras en formato video se multiplicaron “en lugares excluidos del circuito comercial de cine” (Krichmar, 2004).

En 2005, finalmente, realizó una nueva muestra de cine cubano en el Espacio INCAA, dedicada casi exclusivamente al género documental: durante una semana se exhibieron los clásicos de Santiago Álvarez y las actuales producciones de la TV Serrana, una experiencia de televisión comunitaria en plena Sierra Maestra. Las presentaciones incluyeron, por último, numerosos debates y charlas con los invitados Daniel Diez, director de la TV Serrana, y Lázara Herrera, productora de muchos de los trabajos de Santiago Álvarez.

Distribución alternativa

            La preocupación por potenciar el trabajo con la articulación entre los distintos colectivos de cine y video de intervención política está vinculada con la decisión de realizar una distribución propia de los filmes. De hecho, uno de los documentos escritos por el grupo dedica al tema buena parte de la argumentación: de acuerdo con el texto, la idea es “ligar a un sector de estudiantes y realizadores con las mejores expresiones de lucha de nuestro pueblo”, para desde allí conformar una red de distribución popular. “Un circuito de exhibición y producción en la que los sectores populares puedan generar una nueva forma de producir y difundir los materiales” (Cine Insurgente, 2001).

            Esta red pudo ponerse en práctica con éxito con el largo Diablo, Familia y Propiedad: el modelo de distribución allí trabajado partió de la venta de VHS en salas, durante la exhibición en el Cine Cosmos y en todas las muestras colectivas. A esto se sumó la preparación de mesas con materiales en innumerables actividades político culturales organizadas por asambleas populares y espacios de organización, llegando a colocar unas 10 mil copias a lo largo de tres años, una cifra para nada despreciable sobre todo teniendo en cuenta que se trató de una venta de “mano en mano”.

Cabe destacar que la circulación del material es posible no sólo por el impulso y la militancia del grupo alrededor de sus películas, sino fundamentalmente por la apropiación de los filmes por parte de un público llamado a ser activo. En efecto, es este público el que muchas veces organiza los ciclos abiertos en plazas, comedores y centros culturales, promoviendo una “pérdida del control” sobre la circulación y la exhibición de los filmes.

Esta apropiación, de acuerdo con Cine Insurgente, se verificó en variadas ocasiones. Una de las situaciones más interesantes de las cuales tiene registro corresponde a la distribución alternativa de Diablo... en el partido bonaerense de Lanús, realizada por un sodero y de la cual el grupo se enteró por casualidad. El hombre, mientras repartía la soda, ofrecía a los vecinos unas copias de la película y después las pasaba a retirar. Más allá de lo anecdótico, traemos este ejemplo porque señala una apropiación tan fuerte que se tradujo en la participación y el compromiso concreto del espectador.

Asimismo, el esquema de distribución contempla la presentación de todos los materiales en un catálogo on-line publicado en el sitio web www.cineinsurgente.com, que ofrece el envío de los filmes desde su sede en Buenos Aires, venta directa a través de Cultural Video y alquileres de VHS y DVD en el Máster Video Club, ambos en la Capital Federal.[9] Sin embargo la visibilidad de este catálogo y los pedidos que genera están en relación directa con la organización de la prensa, la vinculación con los medios alternativos y el trabajo de difusión, haciendo eje en “la relación con las luchas y sus expresiones organizativas, nuestra participación en las mismas y la llegada [a ellas] con nuestras cámaras o con nuestros materiales” (Cine Insurgente, 2005b).

En este sentido el grupo también hace finanzas, maximizando el uso de sus equipos de manera de sostener el funcionamiento y acrecentar las posibilidades productivas. Entre otras actividades, sus integrantes realizan trabajos de edición no lineal en calidad profesional, para lo cual ofrecen equipamientos de última generación en formatos digitales.[10]

Finalmente, fruto de las giras realizadas por Europa y de la presentación de las películas en numerosas jornadas y festivales de cine independiente en Alemania, España, Italia y La Habana[11] –a lo que debe agregarse también el trabajo desarrollado tanto por Guzzo como por Krichmar en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba-,[12] el grupo logró establecer fuertes relaciones de cooperación, debate e intercambio entre experiencias afines en diferentes puntos del globo. Esto se tradujo en la apertura de un punto de distribución oficial de Cine Insurgente en Le Bigain, Francia, desde donde se organiza la entrega de materiales para el público del viejo continente.

 

Reflexiones: a manera de cierre

            Con estas notas intentamos avanzar en los debates sobre las formas de producción, exhibición y distribución del nuevo cine y video militante, haciendo particular eje en la experiencia de Cine Insurgente. Por eso no quisimos abundar en consideraciones sobre la estética de los filmes, sin duda tema de otros trabajos. Diablo, Familia y Propiedad fue pensada para un público amplio (y no masivo) dentro de una caracterización política específica (prueba de esto son las presentaciones y adquisiciones del VHS en escuelas, movimientos políticos y sociales y bibliotecas populares); su diseño de producción tuvo en cuenta esta elección del destinatario y esto pudo cristalizarse tanto en el guión como en el rodaje y, después, en su exhibición y en todas las presentaciones vinculadas a un circuito alternativo que se fue construyendo a medida que comenzaron a multiplicarse las agrupaciones de cine de nuestros días.

            Las estrategias de promoción y marketing de la película a través de las convocatorias por Internet, la campaña de prensa, la colocación de afiches y la entrega de volantes favoreció el clima de simpatía y necesidad de nuevas miradas acerca de nuestro presente y nuestra historia. Los resultados concretos se evidenciaron una y otra vez en la cantidad de pedidos de exhibición por parte de las organizaciones populares en sus más diversos frentes y variantes, y también puede medirse en función de la cantidad de copias vendidas, sin contar todas aquellas vueltas “copia de copia”, artesanalmente, por sus propios destinatarios.

La complicidad del público sin duda quedó registrada en las encuestas realizadas por el grupo alrededor del filme y en su utilización para acompañar acciones políticas extra cinematográficas. Nos referimos, por ejemplo, a su intervención en un debate concreto en el campo político, generando acciones o impulsos a la acción en algunos de sus espectadores. Tras el estreno, la agrupación H.I.J.O.S. nos propuso realizar un escrache a Nelly Arrieta de Blaquier, dueña del Ingenio Ledesma y escrachada por sus propios dichos en el reportaje que le hicimos para la película. Esta “respetable” señora ocupada en el filantrópico cargo de Presidenta de la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes era miembro de la comisión directiva de la empresa Ledesma S.A. en el momento en que se decidió el secuestro masivo de trabajadores del Ingenio (Krichmar, 2004). Es decir, Cine Insurgente no sólo se plantea la necesidad de producir y distribuir sus propios trabajos de manera alternativa, sino también –y lo que es una característica de toda esta corriente al igual que lo fue en el cine militante de los sesenta y los setenta- busca generar acciones políticas a través de sus materiales: los destinatarios (que muchas veces son también los protagonistas de los filmes) se vuelven actores a través de los usos sociales de las obras, cuando asumen la difusión y exhibición y, fundamentalmente, cuando le otorgan el carácter de instrumento para la acción política. Como apuntan Getino y Velleggia, justamente, un aspecto decisivo del cine político reside en la definición de los modos de difusión y apropiación de la obra de parte de sus destinatarios [...] Los públicos son grupos organizados en torno a objetivos extracinematográficos (políticos o sociales) y las proyecciones suelen incluir debates respecto de los cuales la obra actúa como elemento motivador. Esto significa que el acto de apropiación no se agota en la apreciación de la obra como objeto artístico en sí, sino que ella cumple el papel de médium de un proceso comunicacional de alcances más vastos que el espacio de proyección (Getino y Velleggia, 2002:29).

 En sus definiciones fundacionales, el Grupo de Cine Insurgente señala también la necesidad de producir, junto a los largos, videos de urgencia o intervención rápida, destinados a instalar debates o proponer claves de lectura sobre los conflictos sociales desde una óptica explícitamente diferente a las que circulan a través de los medios masivos de información. En ambos casos (cortos y largos, reflexión y agitación) el tratamiento creativo de la realidad lleva impresa la intencionalidad política del grupo, es decir, el objetivo político “que el filme persigue respecto de la realidad extracinematográfica”. Ésta es, en efecto, una de las características del cine de intervención política: la prevalencia de la mediación de la institución política sobre la cinematográfica (Getino y Velleggia, 2002:32).

Este eje de intervención se engloba entonces en una política más general, ligada a la constitución de una nueva subjetividad combativa que articula todas las acciones del grupo. Lo cual se verifica también –en lo que hace específicamente al campo audiovisual- en una perspectiva de organización sindical a través del trabajo con los estudiantes de cine y la pelea frente al INCAA por la distribución de subsidios entre filmes de bajo presupuesto. Pero ésta, como cualquier otra política impulsada desde Cine Insurgente, está en directa relación con su apuesta más fuerte: como lo expresan en sus documentos, se trata de “poner las cámaras del lado de los que luchan y buscar entre y junto a ellos los destinatarios” de sus producciones. Es de esa declaración de principios que deviene, como La hachumyajay, “nuestra manera de hacer las cosas”.

 Bibliografía

 ADOC (2005), “ADOC/Argentina”, en www.cineinsurgente.org, diciembre.

Cabezón, Luis, y Gómez-Urdá, Félix (1999), La producción cinematográfica, Madrid, Editorial Cátedra.

Cine Insurgente (2001), “Red audiovisual de información popular Raymundo Gleyzer”, mimeo.

Cine Insurgente (2005a), “Editorial”. En el Catálogo de la tercera antología de cine cubano, 1 al 4 de septiembre.

Cine Insurgente (2005b), “El documento del Grupo de Cine Insurgente”. En www.cineinsurgente.org, diciembre.

Getino, O. y Solanas, F. (1972), Cine, cultura y descolonización, Bs.As., Siglo XXI.

Getino, O., y Velleggia, S. (2002), El cine de las historias de la revolución. Buenos Aires, Grupo Editor Altamira / INCAA.

Krichmar, Fernando (2004), “Grupo de Cine Insurgente”, en Vinelli, N. y Rodríguez Esperón, C. (comp.), Contrainformación. Medios alternativos para la acción política, Buenos Aires, Peña Lillo / Continente.

Vázquez, M., Campo, J. y Dodaro, C. (2005), “Cine militante, una revisión histórica del concepto”. Mimeo.

Vinelli, Natalia (2000), “Las barricadas de celuloide”, en revista El Porteño nro. 6, agosto.

Vinelli, N. y Zarowsky, M. (2005), “Por un nuevo cine en un nuevo país: políticas culturales en tres formaciones del campo audiovisual”. En Cuadernos Críticos de Comunicación y Cultura nro. 1, Buenos Aires, Primavera.

Vitale, Cristian (1999), “Dios y el Diablo en el Ingenio Ledesma”. En diario Página/12, edición del 21 de julio.

 

[1] Generalmente son los productores de los grandes estudios hollywoodenses.

[2] Un caso es el de Lita Stantic, quien en su juventud formó parte de algunos proyectos de Cine Liberación y luego fue durante diez años la productora de los filmes de María Luisa Bemberg. Justamente, en la segunda mitad de los noventa comenzó a vinculare con jóvenes que tenían propuestas diferentes en cuanto a ideas para sus películas, y buena parte del Nuevo Cine Argentino de ficción empezó a pasar por sus manos. Si bien Stantic produce dentro del modelo industrial, sus historias asumen un riesgo narrativo importante y la mayoría de las veces están de espaldas al mercado. En lo que hace al documental el tema se vuelve más complejo, ya que generalmente los productores con cierta jerarquía parten de películas rodadas, que no es lo mismo que levantar un proyecto del punto cero.

[3] “Estábamos podridos de los filmes de explotación del tema de los derechos humanos que terminan con una cosa llorosa, bajoneante; y que contrabandean la teoría de los dos demonios o el derrotismo. Queríamos hacer una película que terminara para arriba, no generando falsas ilusiones pero dejando en claro que la única forma de cambiar esto es con la lucha” (Krichmar, citado en Vinelli, 2000).

[4] En este sentido, para Solanas y Getino “un filme militante siempre se dirige a un destinatario histórico, que es la clase trabajadora y el pueblo, pero a ese destinatario general se llega a veces a través de una serie de destinatarios inmediatos y específicos. (...) Un filme militante debe estar dirigido a un público (...) concreto: la clase trabajadora urbana, el proletariado rural, el movimiento estudiantil, los compañeros de una fábrica o de una región en conflicto, un público de otros países, los cuadros de una organización política, etc. Lo que importa es precisar el destinatario concreto o principal sobre el cual se actuará en mayor medida” (Solanas y Getino, 1972).

[5] Algunos de los textos de los afiches sostenían: “Me durmieron con un cuento y me he despertado con un sueño. Vea Diablo, Familia y Propiedad”; o “Videla, Astiz y Massera, ¿son los únicos responsables? Vea Diablo, Familia y Propiedad”. Esta campaña de pegatinas sobre la avenida Corrientes, en las cercanías de las facultadas y en las estaciones de subtes y trenes estaba destinada a despertar entre la gente la pregunta por las responsabilidades económicas de la dictadura militar.

[6] Actualmente los proyectos en curso son tres: Cuba Santa, dirigido por Alejandra Guzzo; El camino de Santiago, dirigido por Fernando Krichmar, y Yaipota ñande iguí, dirigido por Lorena Riposatti.

[7] Algunos de los miembros de Cine Insurgente participaron previamente de los talleres de formación audiovisual. La enseñanza también se orienta hacia las organizaciones sociales, por ejemplo, a través de la colaboración con la reciente experiencia del Canal 5 La Comunitaria TV de Claypole.

[8] Participaron en ADOC, entre otros, los grupos de Cine Insurgente, Boedo Filmes, Fundación Alumbrar, Cruz del Sur, Grupo 1° de Mayo y Cuarto Patio, además que trabajan en forma independiente en el ámbito del documental. Adhirieron a la conformación de ADOC Fernando Pino Solanas, Fernando Birri, Humberto Ríos, Nemesio Juárez y Juana Sapire. Actualmente la entidad se plantea resurgir como entidad, con estatuto propio y comisión directiva que represente al género documental en Argentina.

[9] Cine Insurgente tiene además una política de distribución en video clubes de la Capital Federal y Rosario, realizada por los propios miembros del grupo.

[10] Islas de Edición en Macintosh G5 1,8 Mhz. de 512 Mb RAM, Disco Serial ATA160 Gb, SuperDrive (DVD-CD R/RW), Scanner Genius (Papel / Negativos / Diapositivas), puerto FireWire, Software de edición: Final Cut Pro HD; y en PC Pentium III 1,2 Mhz, 256 Mb RAM, Disco de 80 Gb., unidad de CD R/RW, puerto FireWire y software de edición Adobe Premiere Pro. También cuentan con un Deck Digital DVcam / Mini-dv Sony DSR-25 (PAL / NTSC).

[11] Debemos destacar la participación de Cine Insurgente con una muestra de Cine Piquetero en la 33 Edición del Festival de Cine de Berlín. La muestra se presentó en tres salas durante diez días, cuya capacidad siempre estuvo colmada. Las entradas fueron vendidas anticipadamente, lo que demuestra el interés y las posibilidades del nuevo cine y video de intervención política.

[12] Krichmar y Guzzo fueron docentes de la EICT y, dada esa relación, han podido montar los mencionados ciclos de cine cubano en nuestro país.

 

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